Los eternos “regalitos”

Al comenzar a trabajar en un aula de infantil nos encontramos con los grandes momentos de los regalitos para… el día del padre, de la madre, del abuelo, de Andalucía, ¡de San Valentín! o de lo primero que se nos pase por la cabeza.

Y es que, llevamos arrastrando esta tradición tan mala desde no se sabe ni cuando.

Yo hice mil veces este regalito, y digo hice por decir algo, porque en la mayoría de las ocasiones no me dejaron hacer nada porque no quedaría tan bonito. Y ¿cómo vamos a presentarle ESO a un padre? Que, por lo visto, sueña con que su hijo sea arquitecto y construya a los 3 años con palos de polo la Torre Eiffel.

Pues, en la escuela infantil, todavía se acentúa más. Nos encontramos constantemente a maestras que agarran en dedito del niño y lo estampan de manera compulsiva contra un papel. Ese pobre niño la mira extrañado pensando “que le pasará”, y cuando llega la hora de entregar dicho presente no lo siente ni un poco suyo. Dejándolo tirado en cualquier sitio.

Me encanta cuando veo a escuelas que por si no fuera suficiente con hacerlo, suben las fotos a Facebook dónde dejan bien claro que ellas han estampado todas la huellas, pegado los lacitos, dibujado la palma de la mano o espachurrado el pié del niño contra un papel.

Veremos durante semanas y semanas que estos “regalitos” van y vienen en las mochilas de los peques sin sacarlos de ahí hasta que no haya un cambio de temporada. Y es que los padres, por supuesto, saben que sus hijos no saben recortar corazones ni pegar perfectamente los gomet.

Quizás todo esto parece algo sin importancia, pero es aquí donde reside el respeto hacia el niño, a su evolución, a sus ganas de hacer y a dejarles ser libres y disfrutones.

Cuando tu le planteas al niño que quiere regalar a su familia, quizás solo piense en una bola de plastilina, pero será “su bola”, y además, su imaginación creará el resto, y dónde nosotros no vemos nada, él verá una flor, un perro o el personaje de sus dibujos favoritos.

Y es ahí donde toman valor las cosas, en el sentimiento y la importancia que le dé el niño a lo que hace.

Desde que trabajo por proyectos en 0 a 3 años, me he encontrado en muy pocas ocasiones en esta situación. Supongo que las personas que nos adentramos de manera consciente en esta metodología queremos romper con todas esas costumbres que olvidan la importancia que tiene que el niño sea el protagonista.

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Y las familias lo agradecen, porque saben dar valor a lo que sus hijos les ofrecen. Incluso a la ausencia de ello. Muchos padres nos comentan que mucho mejor no hacer nada a tener algo que ellos saben esta hecho por nosotras.

Cuando realizo la formación siempre nos damos cuenta que solamente es cuestión de cambiar el chip, y vemos, que quizás la mejor forma de hacerlo es involucrando a las familias, invitándoles a ellos a hacerlo con sus hijos, a entrar al aula y pasar un rato divertido, a ver las rutinas de sus hijos y aprender las canciones que lo escuchará mil veces cantar.

Animo a todas las escuelas que aún siguen llevando esta práctica, a dejar de pensar en los padres y mirar únicamente a los niños, que serán los que nos indiquen el camino perfecto a seguir. Ellos son grandes creadores de sueños, pues…dejémoslos volar.

 

 

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